El largo y enredoso camino del idioma

«Piénsese en la ridícula paradoja que encierra la común expresión “dominar una lengua”.»

-Ivonne Bordelois.

En las escuelas nos enseñan que dominamos un tema cuando todas, absolutamente todas nuestras respuestas en un examen están correctas. Por lo tanto, cuando estudiamos un idioma, nos atiborramos de tiempos verbales, reglas ortográficas y fórmulas gramaticales para conseguir ese 100/100, 20/20 o 10/10 y ganarnos el derecho de decir que «dominamos un idioma». Son adornos ostentosos para los currículos, medallas para el estante del conocimiento adquirido, pero todos nosotros amantes de los idiomas lo sabemos muy bien: los 100/100 son una trampa.

Cuando salimos de los simulacros de las clases y nos inmiscuimos en el mundo real, nos damos cuenta de que apenas y conocemos la lengua que estudiamos; nos sentimos engañados y derrotados pues nuestras notas nos mintieron.

El problema: nos enfrascamos tanto en estudiar a la perfección una lengua que nos olvidamos de que ellas en sí no son perfectas, a veces carecen de sentido, se descarrilan, crean reglas ridículas o se distorsionan por todo el trasfondo cultural que arrastran a sus espaldas.  Y digo «ellas» porque nadie las controla. No existe real academia, instituto o asociación que pueda con la rebeldía del lenguaje.

Entonces, ¿es que acaso estamos abordando el estudio de un idioma erróneamente? ¿Debemos olvidarnos de los verbos, las reglas y la ortografía? No, en lo absoluto. Con estas toscas líneas solo pretendo asomar la idea de que debemos dejar de ver un idioma como veinte niveles en un instituto, como un libro de ejercicios, un examen final o un 20/20 en una hoja de papel.

Este blog lo dedico para compartir mis hallazgos en mis intentos de superar mi miedo al error y de encontrar mecanismos para hacer del idioma algo mucho más que un caletre. No son reglas infalibles ni mucho menos consejos definitivos sobre cómo abordar una lengua, son solo simples puntos de vista de una persona que ama los idiomas y que batalla por convencerse de que está bien equivocarse.

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